Una comunión estrecha con el Señor nos lleva a ser impulsados a evangelizar, a compartir la Buena Noticia. La persona espiritual no tiene que ser un “ermitaño”. Hemos sido críticos con los que han dedicado sus vidas a la vida contemplativa en los monasterios. Sin embargo, como iglesia, podemos caer en la contemplación de la Gloria de Dios en nuestro templo cuando, en realidad, lo que el Espíritu Santo anhela, es derramarse sobre la tierra y no tan sólo dentro de nuestros locales. 1ª Cor.9:16 – “Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” Además, una comunión estrecha con el Señor nos hace percibir el latir del corazón de Jesús que late y late aceleradamente por las almas que sin Él se pierden. Por otro lado, compartir las Buenas Nuevas produce un gozo y una renovación indescriptible. Lucas 10:17 “volvieron los setenta con gozo…” No nos quepa duda de que el gozo completo del cristiano proviene (porque es el sentir de Dios) de ver las almas salvarse, sanarse y ser liberadas por el poder de Dios. No puede existir ningún cristiano lleno de gozo, que viva al margen de la evangelización. La experiencia nos enseña que el esplendor del evangelio abandona a quienes no comparten la bendita esperanza. Hch. 18:10 – “porque yo estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal, porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad.” Mt. 9:37 – “Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos.” El Señor ya tiene dispuesto mucho pueblo en el lugar dónde estamos. Sólo necesitamos levantar los ojos y ver que la cosecha está lista y, además, es abundante. -“El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado” -(Mr. 1:15). Desde este anuncio de Jesús, junto al cumplimiento profético del derramamiento de Pentecostés en los “postreros días” (ver Hch. 2:16, 17), estamos en el tiempo de Dios para la gran cosecha de almas. La mies nos está esperando. Es necesario no catalogar la tierra según nuestra percepción subjetiva. Hablemos lo que Dios dice y no lo que a nosotros nos parece. El profeta Ezequiel tuvo una impresión de lo que tenía delante: un valle lleno de huesos secos, pero Dios le dijo: -“profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra del Señor” -(Ez. 37:4). Recordemos que profetizar es hablar o contar lo que Dios dice. En otro tiempo se ha hecho referencia a nuestra tierra como dura y resistente, y esto ha endurecido aún más el terreno. Somos llamados a ablandar y no a endurecer, a bendecir y no a endurecer. Tenemos que declarar que el lugar en el que estamos es bueno, y que el evangelio es Palabra de vida que sana y restaura. Y los hombres de la ciudad dijeron a Eliseo: He aquí, el lugar en donde está colocada esta ciudad es bueno, como mi señor ve; mas las aguas son malas, y la tierra es estéril. Entonces él dijo: Traedme una vasija nueva, y poned en ella sal. Y se la trajeron. Y saliendo él a los manantiales de las aguas, echó dentro la sal, y dijo: Así ha dicho Jehová: Yo sané estas aguas, y no habrá más en ellas muerte ni enfermedad. Y fueron sanas las aguas hasta hoy, conforme a la palabra que habló Eliseo. (2º Reyes 2.19- 22) La Palabra de Dios es martillo que quebranta la piedra. Quizás un golpe no signifique mucho, pero a medida que el Evangelio es proclamado, la piedra será quebrada y después hecha añicos.
Se especula acerca del “tiempo de Dios” por causa de la escasez de resultados, pero sin embargo, es cuestión de una pasión que nos lleva a: Creer a Dios en el sentido de que es el tiempo para mi tierra. Salir a buscar a las almas fuera de nuestros lugares de reunión.
Perseverar en el trabajo buscando la excelencia en las estrategias o metodologías. Predicar el Evangelio creyendo a las señales que siguen a la Palabra. Levantar un clamor al Señor de la mies para que envíe obreros. O sea, a ti o a mí querido lector. No caigamos en la frase tan peculiar “Heme aquí, Señor, envía a mi hermano”. El móvil que nos impulse a Evangelizar, debiera ser el mismo que impulsó a Jesús; la compasión. “Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas.” (Mr.6:34) -“Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mt. 9:36). Evangelizar no debe surgir de la necesidad de cumplimentar el calendario de actividades de nuestra iglesia, o como consecuencia de una conciencia incomodada por no estar haciendo nada a favor de los que se pierden. Trabajar en esta línea nos impulsa a un trabajo carente de entrega, mecánico o frío, rutinario y sin visión.
El sentir de Jesús debiera caracterizar nuestra misión evangelizadora, pues sólo entonces seremos capaces de pagar el precio de este llamado y amar profundamente a las vidas. Jesús vio las multitudes desamparadas y dispersas, expuestas a la obra del lobo, por lo que su corazón fue despertado a compasión. De ahí que los obreros por los cuales el Señor ora, deben tener el mismo corazón que Jesús.

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